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OTRO MODO DE PREPARAR LOS GARBANZOS

Artículo de Esteban Villarrocha| LA TRIBUNA |Heraldo de Aragón

Los nuevos responsables de Cultura en las instituciones repiten un discurso que ya se ha escuchado en otras ocasiones. Pero la política exige pasar a la acción.

Tras las recientes elecciones de mayo, se han producido relevos de los responsables públicos que gestionan la cultura de algunos Ayuntamientos y Gobiernos autonómicos. Con su entrada en el poder se vuelve, una vez más, a oír declaraciones a favor de establecer las líneas básicas que regirán la política cultural de la ciudad, o de la comunidad, en la siguiente legislatura; se elaboran proclamas, se anuncian, una vez más, planes estratégicos, acciones de urgencia, planteamientos transparentes y eficaces para la gestión y difusión de la cultura; discursos que pretender hacer de la cultura el eje vertebrador del territorio. Pero el discurso, una vez más, se parece mucho a palabras oídas en el pasado, que ya en su día no sirvieron para reforzar y consolidar un sector cultural, que como sector económico está herido de muerte desde hace tiempo y sufre una endeble situación, además de su baja conexión con la ciudadanía. La misma definición de Cultura es hoy una entelequia.

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En estos discursos pueden crearse y gastarse muchas palabras, pero creo que no dejan de ser discursos de sustitución, donde las palabras no corresponden con la realidad, crean confusión y sus planteamientos vuelven a ser endogámicos, algunos rozan el sentimiento atávico e identitario que se aleja de lo universal y trascendente que debe caracterizar cualquier acción cultural.

Parece, una vez más, que la sabiduría se distancia de la sociedad, las palabras pierden su integridad y ya no se sabe que ideas expresan. De nuevo nos preguntamos: ¿Qué sucede cuando no sucede nada?, ¿se está y nada más? No se trata de más o menos sensibilidad en materia cultural, se trata de abordar un problema con coherencia intelectual y decisión política. Pensar, no solo es interpretar lo que pasa, sino hacer que pasen cosas, esto sería a mi entender hacer política.

Einstein definía la locura como hacer una y otra vez lo mismo, esperando obtener resultados diferentes. Cómo definir los discursos en materia de política cultural que se repiten una y otra vez, son discursos de la locura o preferimos llamarlos discursos sobre la mediocridad intelectual.

Hoy la progresía se parece más al viejo catalán instalado en Macondo, para quien la sabiduría no valía la pena si no era posible servirse de ella para inventar una manera nueva de preparar los garbanzos (Gabriel García Márquez, Cien años de soledad).

Los planes, que se intuyen en las declaraciones de los nuevos administradores públicos, vuelven, una vez más, a demostrar una inseguridad intelectual lamentable. Como decía Walter Benjamin, el futuro nace de los abuelos ofendidos y no del ideal de los nietos satisfechos. Yo me atrevo a añadir las palabras de George Santayana: El joven que no ha llorado es un salvaje, pero el viejo que no ríe es un necio, ¿es la risa del sabio lo que necesitamos?. Riamos y soñemos seguramente haremos mejor el mundo.

Quiero alertar contra el mal que genera la inocencia política, contra el que no hay revuelta posible. La inocencia política es creerse siempre en posesión de la voluntad popular y olvidar los valores colectivos y el compromiso ético que hay que desarrollar entre y para todos. Necesitamos políticas culturales que nos permitan afrontar nuestra responsabilidad sobre el mundo en que vivimos, responsabilidad que debemos definir, vivir y elaborar en común. Y esto, que parece obvio, es lo que debemos debatir en materia cultural; entre interlocutores validos y reconocidos, integrando en el discurso el uso y empleo de esa totalidad compleja que llamamos Cultura.

Debemos ser conscientes constantemente de que los usuarios de dichas políticas culturales son los ciudadanos y ciudadanas que deben hacer visibles los valores intelectuales y morales, que son el cimiento para hacer la estrategia básica de uso y disfrute de la cultura. Habrá que ayudar a entender la utilidad de lo inútil, habrá que contemplar, para cambiar y mejorar, la aptitud y la disposición de los usuarios al empleo del patrimonio cultural material e inmaterial, y esto solo podrá hacerse con una acción política en materia de cultura que vuelva a poner la educación como valor prioritario, la educación como fuente de modelos sociales igualitarios. Un modelo de educación que debe acabar con la tendencia a mirar atrás, para mirar adelante, sabiendo para qué estamos educando y por qué lo hacemos.

No extiendas estiércol en las malas hierbas para hacerlas pútridas. Así se dirige Hamlet a su madre, las gentes de teatro siempre tenemos a Shakespeare. En estos momentos de incertidumbre todos somos corresponsables de crear un futuro que beneficie a todo el mundo, y las políticas culturales deben servir a esta premisa.

noviembre 2015

 

 

 

 

 

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