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LA VOZ DEL NO REPRESENTADO I

Zygmunt Bauman

Últimamente, en Aragón las administraciones públicas ponen a debate documentos para planes estratégicos en favor de la cultura; o se ponen en marcha consejos consultivos de la cultura y se habla constantemente de la cultura participada.

No sabemos si la intención es encontrar un posicionamiento político sobre la actividad cultural o si de verdad se pretende concebir la cultura como eje vertebrador de la sociedad civil. Por otro lado, siempre es necesario hacer participativo el fomento de la cultura. Bienvenidos sean estos debates si nos llevan a alguna parte.

Algunas de estas iniciativas, sin pretenderlo, en su desarrollo e intención, más allá de ser útiles o inútiles, generan desafección entre el sector cultural y las comunidades de afectados. La pretendida consulta al sector cultural, que siempre ha creído que tenía la intermediación garantizada, sin preguntarse quién puede, elige y debe ser interlocutor o representar a un sector tan poliédrico, se limita a elaborar acciones que ratifican propuestas o programas fruto de los intereses individuales; o reescribe la repetición voluntariosa de políticas y estrategias con más de veinticinco años de uso y desgaste, que no han sufrido nunca una evaluación seria y calmada.

Un plan estratégico o un consejo de cultura deben diseñar una trazabilidad donde se vean los recorridos de las acciones de fomento y difusión de la cultura; y deben elaborar un relato poderoso del deseo que permita mayor cohesión con la comunidad. Además, es vital, que contemplen un organigrama de la toma de decisiones y unos protocolos de transparencia para que la estrategia que se persigue contemple el común.

Pero quizás lo primero, antes de ponerse a hablar de estrategias culturales, es definir el uso de las palabras, porque cada vez hay más palabras rotas y las palabras rotas son aquellas que se hacen habituales en el discurso político y en los medios de comunicación, pero que han perdido el significado que le atribuimos por su uso perverso. Una de ellas quizás sea cultura; otras: emprendimiento, excelencia, sinergia, empoderamiento, transversalidad, etc. Por manoseadas ya no contribuyen a esclarecer. Sabemos que la creatividad es saber nombrar las cosas, pongámosla a trabajar para de verdad descubrir el talento, hagamos un relato seductor que encauce y facilite el diseño de una política cultural.

Por tanto,  es prioritario usar bien los vocablos, seguramente no desde el consenso, sino desde el disenso, porque habrá que acostumbrarse a que los procesos participativos a veces no implican consenso, y está es la clave de las políticas participadas, la diversidad. Las narrativas homogéneas se han acabado, tendremos que aprender a gestionar el disenso, o difícilmente construiremos una estrategia participada.

Podremos así saber si hablamos de la cultura como derecho, de la cultura como recurso o de la cultura como común. Diferentes maneras de entender el hecho cultural y determinar adecuadamente las comunidades de afectados por la acción cultural, que somos todos los ciudadanos y ciudadanas, hasta los que no se sienten afectados. Con la utilización adecuada de los términos ayudaremos a saber si estamos haciendo un plan estratégico para el sector de las industrias creativas o para los afectados por la cultura; o si nos limitamos a debatir de los intereses particulares de los integrantes del sector económico de la cultura.

Importantísimo, aclarar de qué hablamos cuando hablamos de cultura como derecho, como recurso o como común, porque sabiendo de qué hablamos podemos saber de donde partimos y con quién haremos el viaje. Es necesario comprender los paradigmas del sector y poner voz al que no quiere ser representado.

Valgan estas líneas en recuerdo de Zygmunt Bauman, que me permitió comprender la ceguera moral y el mundo líquido que vivimos. Leámoslo.

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