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LA CULTURA Y SUS CONSEJOS

Esteban Villarrocha

LA VOZ DEL NO REPRESENTADO II

Hace un tiempo, en estas mismas páginas y con el título |La voz del no representado|, escribía sobre los procesos participativos que se habían abierto en Aragón en torno a la cultura, con la sana intención de mejorar su uso y su disfrute.

Escribía entonces de la necesidad de definir bien los discursos políticos en torno a la actividad cultural y alertaba sobre el buen uso de las palabras en el debate, para evitar hablar del todo, sin decir nada. Alertaba sobre la necesidad de definir ideológicamente esos planes estratégicos para poder desarrollar un discurso sobre la participación que permitiera un disenso acordado.

Instaba a que el primer paso para consensuar un discurso era utilizar adecuadamente los términos cultura, ocio, entretenimiento e industria creativa; insistía en la necesidad de hablar de la transversalidad del hecho cultural y el tratar de evitar la representatividad cultural por sectores, nunca bien definidos, que solo manifiestan el sano, pero peligroso, voluntarismo de encontrar participantes interesados en los resultados del proceso.

Hoy voy a intentar aclarar a los afectados por la cultura y a los no representados en estos procesos participativos las primeras definiciones que asoman en estos debates.

En primer lugar, el Consejo de Cultura de Aragón, puesto en marcha por el Gobierno autonómico, órgano que no tiene ninguna personalidad jurídica y que ha sido nombrado desde la Consejería de Educación, Cultura y Deporte. Este ente ha elaborado un documento de acciones concretas que ha sido puesto encima de la mesa de una serie de agentes culturales para su debate. En él detectamos que, más allá de ser un plan estratégico de la Cultura, es un intento de apoyar al sector económico, es un documento, no plan, para mejorar la situación de las industrias creativas. Se ratifica el Consejo en entender la Cultura como un recurso económico valioso que necesita de ayudas públicas. Esto supone una definición ideológica concreta y una manera de actuar que viene a ser la que se implantó en los años ochenta. No hay una evaluación de acciones pasadas ni una definición de los mínimos objetivos que se quiere alcanzar.

Se ponen en marcha acciones concretas, que son muy voluntariosas y suponen recursos económicos importantes (este año se puede ver ampliado, a la espera de su aprobación, el presupuesto del Gobierno de Aragón para cultura). La pregunta es siempre la misma: ¿estas acciones anunciadas en los medios servirán para mejorar la precaria situación de las industrias creativas en Aragón? Alerto que vivimos en un tiempo donde la post verdad impera.

En el otro lado de estos procesos, en favor de que la toma de decisiones de gobernanza la hagan los ciudadanos, esta el Consejo Consultivo de Cultura de la ciudad de Zaragoza, impulsado por el equipo de Gobierno de la ciudad, que ha desarrollado un Consejo a la inversa que el Gobierno de Aragón; desde mesas sectoriales hasta el encuentro con la representación política. Unos optan por articular la participación de abajo arriba y otros de arriba abajo. Ni una, ni otra, es mejor o peor, son modelos ideológicos distintos y serán los resultados de las acciones que desarrollen y la forma de hacerlas, lo que nos permitirá a los no representados definirnos.

El modelo del gobierno municipal de Zaragoza entiende la cultura como algo del común. Este Consejo comienza de una manera institucional, pero hasta el momento produce el mismo escepticismo en el sector económico de la cultura que el Consejo de Cultura del Gobierno de Aragón. La mayoría de ciudadanos, en uno y en otro, siguen al margen del debate. Lamento constatar que la palabra cultura está rota, por su excesivo y mal uso, tanto sirve para un roto como para un descosido.

Es cierto que somos reflejo de una sociedad intelectualmente poco preparada para entender la cultura como goce y que pone encima de la mesa intereses particulares, bien intencionados, pero alejados del verdadero sentir del común. Seguimos alejados del nuevo modelo social, utilizando parámetros de medir y participar que se presentan como nuevos, pero son antiguos.

Lamento terminar haciendo estas preguntas: ¿Está preparado el sector económico de la cultura y los ciudadanos partícipes del hecho cultural para aprender, entender y regir el disenso en material cultural?, ¿sabemos entender la diversidad cultural y por lo tanto podemos diferenciar entre la tradición inventada, la innovación, la identidad y el hecho mercantil de la cultura?, ¿es la necesidad de identificar ideológicamente las opciones políticas lo que nos lleva a emprender procesos participativos sin la suficiente definición de los conceptos a emplear y con una intención política que deja a un lado el interés general?, ¿nos interesa solamente el presupuesto a aplicar por los Departamentos de Cultura y su destino final o realmente queremos cambiar el modelo de ocio y entretenimiento mejorando el uso de lo cultural en el tiempo libre de los ciudadanos?.

La acción del buen gobierno implica transparencia, trazabilidad y definición clara de los objetivos, costes y medios de cualquier acción. La participación de la ciudadanía y de los lobbies en el mundo que vivimos parece precisa, pero el político tiene la obligación de delimitar esos intereses y más en el hecho cultural, que es una actividad humana que debe transcender lo local para ser universal.

Y para cerrar, como en otras ocasiones, me permito humildemente recomendar la lectura de los libros de Jaron Rowan, “Emprendizajes en Cultura” y “Cultura libre de Estado” de donde vienen muchas de mis palabras.

 

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