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A FAVOR DE UN PENSAMIENTO CULTURAL

Decía Oscar Wilde que la única ventaja de jugar con fuego es que uno aprende a quemarse. Nada más acertado para definir la actividad cultural a lo largo de los siglos; jugar con fuego es el devenir constante de la cultura, al final algunos aprenden a quemarse y trascienden la poética y el canon, hacen cultura.

Para volver a hacer política, pensamiento cultural.
¿Se ha agotado el impulso de la utopía?

Con el recurrente título: “¿Por qué no muere el teatro?” asistí recientemente a una charla organizada por la Revista Crisis. Cuando acudía al espacio Mariano Cariñena ubicado en el Teatro Principal de Zaragoza, lugar del encuentro, pensé en la respuesta que yo daría a la pregunta planteada para el coloquio. Lo primero que me llamó la atención es por qué, una vez más, me preguntaban sobre la muerte del teatro, actividad que siempre está viva. El paradigma del espectáculo teatral es que está vivo. A continuación, lo que me vino a la cabeza es que seguimos siendo una sociedad tímida y con falta de audacia a la hora de formular las preguntas. ¿No sería mejor preguntarnos por la utilidad o inutilidad del teatro?

Recordé entonces la frase de Oscar Wilde y me dije: a lo mejor no hemos aprendido a quemarnos con fuego, porque parece que todavía tenemos que seguir preguntándonos sobre el papel de la cultura, y del teatro, en estos momentos de incertidumbre; todavía no hemos sido capaces de articular un discurso progresista sobre la cultura y el teatro que nos permita dejar de hacernos preguntas banales, que se motivan por la mala situación económica de la cultura y no por el hecho cultural en sí mismo.

La cultura es una cosa y la economía es otra, y la perversión ha sido el discurso que mantienen los gobiernos desde principios de los años ochenta del siglo pasado, al considerar la cultura como un recurso económico y no como un derecho. Se inventó el término de industrias creativas, eran tiempos que pretendían el fin de la historia y el triunfo de las políticas neoliberales. Las gentes de la cultura dejamos de ser artistas para ser empresarios, dejamos la agitación cultural y la militancia artística para ser productores de mercancías consumibles. Convertimos las agencias de gestión de derechos en emporios especulativos. ¿Nos equivocamos?

Estas reflexiones me confirman hoy en mi posición de que hay que politizar el debate y no caer en la trampa de llevar el discurso a un tema sobre impuestos, captación de públicos, planes estratégicos y sectoriales, auto explotación, etc. Ese es otro debate, interesante igualmente, pero distinto cuando se plantea la cultura y el teatro como algo del procomún. Como dice Jarow Rowan: “si no se termina de tener claro para qué sirve la cultura, es difícil plantear marcos, programas o instituciones que puedan fomentarla y apoyarla”.

Por lo tanto, la primera tarea es poner en valor la cultura y el teatro, encontrar su utilidad a nivel político, creando un discurso ideológico que conciba la educación como comienzo de la cultura y la cultura como continuación de la educación. Es cierto que en la sociedad actual se percibe la cultura y el teatro como una suerte de productos y prácticas elitistas que se financian con dinero público y que poco tienen que ver con las necesidades sociales. Es la desafección de la ciudadanía hacia la cultura y el teatro.

La cultura se convierte en entretenimiento y hemos pasado de una sociedad del espectáculo a una sociedad del evento donde importa más estar que hacer. Ocupar el tiempo de ocio, consumir el tiempo libre, hacer y no pensar. Reitero, no podemos abandonar el discurso político, ya que como nos alertaba Duchamp: “el arte es la única forma de actividad por la que el hombre como tal se manifiesta como verdadero individuo”. Hay que volver a hacer política, si renunciamos a pensar, solo nos aguarda el desasosiego.

Sabemos y somos conscientes de que la cultura y el teatro son una fuente de riqueza colectiva que produce identidades e imaginarios, por ello es un buen lugar para experimentar y elaborar la crítica. Debemos entonces articular un discurso político en torno a esta riqueza, para defender la cultura como derecho y su acceso universal a la misma. Es un elemento de definición ideológica que no puede faltar nunca en nuestro quehacer diario como ejecutantes de la actividad cultural.

Pero, retomando el motivo de este escrito, cosa muy diferente es contestar a la pregunta ¿por qué no muere la industria teatral?, entonces el discurso será sobre la economía de la cultura y la búsqueda y posibilidad de otra economía para la cultura, pero entonces hablamos de la cultura como recurso económico y no de la cultura como derecho. Ahora bien, parece que intuimos que no todos los productos culturales pueden tratarse como una mercancía, porque las ideas son siempre para compartirlas, y la cultura y el teatro siempre se hacen y viven en común. Esta intuición nos debería indicar el camino para proponer un discurso progresista heredero del legado de las ideologías revolucionarias del S. XIX y XX. Pero confundimos las cosas y mezclamos lo público y lo privado por puro interés personal. Pero soy de los que cree que la cultura y el teatro son un bien que no se consume en su uso, sino que es en su uso cuando acontece. Esto es de suma importancia para delimitar lo cultural y lo comercial.

Tampoco el teatro como industria se muere. Está vivo y muy vivo pero su mercantilización  supone su vulgarización. Lo que no quiere decir su muerte. Lamentablemente, existe un sector económico de la cultura y el teatro que funciona como un lobby y que junto a la privatización de la propiedad intelectual ha generado un discurso neoliberal del hecho cultural.

Puede que no sepamos muy bien de qué hablamos cuando hablamos de cultura y teatro, puede que mezclemos nuestros intereses particulares con el interés común. Soy consciente que hay una enorme confusión, pero estamos obligados a tratar de aclararla, porque pertenecemos al ámbito cultural y algunos vivimos de su ejercicio.

Dos niveles diferentes hay en el discurso para tratar de aclarar la respuesta.

En la actualidad conocemos la cultura pública, la financiada y gestionada por las administraciones que deben facilitar el acceso universal a los ciudadanos; y la cultura privada, pensada y producida por empresas y concebida como recurso económico.

Cuando hablamos de teatro, debemos aclarar si hablamos del teatro como hecho cultural o como recurso económico e industria creativa. La respuesta es completamente distinta, por ello antes de contestar siempre debemos de saber de qué hablamos cuando hablamos de amor.

El teatro, nada más lejos de la posverdad que trata de ubicarlo en crisis continua, o al menos el teatro como creación artística, vive hoy momentos de una enorme brillantez. Las nuevas dramaturgias, fruto de un trabajo pedagógico comenzado por los talleres de escritura dramática surgidos en los ochenta, han dado su fruto. Si en los años de la dictadura el llamado teatro independiente se empeñó y consiguió dar a conocer un teatro contemporáneo que se hacía en Europa en el S.XX, es ahora cuando ese trabajo y la formación da sus frutos y se vive un momento en la escritura teatral inigualable. Este es otro tema para otra conferencia: “Las dramaturgias del S.XXI”. Quiero hacer hincapié en que el teatro también se lee.

Pero para desarrollar un discurso político debemos plantearnos algunas preguntas sobre la función del artista en la sociedad, preguntas muchas veces ya hechas, en su escrito “¿Qué es el arte?”, dice Tolstoi: “En una sociedad civilizada en la que se cultiva el arte, preguntarse si todo lo que pretende ser arte lo es verdaderamente, y si (como se presupone en nuestra sociedad) todo lo que es arte resulta bueno por serlo y digno de los sacrificios que entraña. El problema es tan interesante para los artistas como para el público, pues se trata de saber si lo que aquellos hacen tiene la importancia que se cree, o si simplemente los prejuicios del medio en que viven, les hacen creer que su labor es meritoria. También debe averiguarse si lo que toman a los otros hombres, así para las necesidades de su arte, como para las de su vida personal, se halla compensado por el valor de lo que producen”.

Cuestión, esta que nos plantea Tolstoi, que necesita ser constantemente preguntada y contestada para facilitar una defensa del teatro como espacio público y de la cultura como derecho de acceso universal. Si sabemos resolver esta cuestión, encontraremos el sentido de invertir en cultura, y tendremos solucionado ideológicamente el tema de las ayudas públicas al teatro y la cultura. Tema para otro debate.

Hoy asistimos a un total desconcierto, con escasas referencias ideológicas. Nadie está preparado para dar respuestas, ni para imaginarlas, ni siquiera para creer que el retroceso sea real. Se acabó la ilusión del progreso, del bienestar y de las oportunidades para todos. Construimos una sociedad donde el futuro es algo improbable. Son tiempos de mucha incertidumbre, pero creo sinceramente, que son buenos momentos para la cultura y el teatro; momentos para romper con una poética que se acaba y poder olvidar la ortodoxia del canon; son tiempos para la transversalidad, para recoger el legado anterior y construir nuevos discursos teatrales; tiempos para seguir preguntándonos sobre la naturaleza del ser humano, tan feroz y tan terrible; tiempos para hablar de quiénes somos y cómo encajamos en este agitado mundo; como dice Rafael Chirbes: “No hay literatura inocente, ni palabra inocente, pero tampoco literatura revolucionaria”. Lo mismo para el teatro actual que debe, es su obligación, recoger estos temas para seguir vivo, más allá del sentido mercantil de su actividad, porque hagamos lo que hagamos, nuestra trascendencia dependerá de cómo se concibe en el imaginario colectivo la sociedad del ocio, del entretenimiento y de la cultura.

El teatro debe volver a participar del debate político a nivel público, construir espacio público, sin inocencia. Son tiempos frenéticos y emocionantes, tiempos de cambio cargados de deseos y expectativas que se abren a nuevas formas de vivir lo cultural y, por supuesto, el teatro debe vivir estos tiempos, siendo audaz.

Hace años, en la mitad de los setenta, desde un colectivo de maestros llamado Colectivo El Martes, que estaba inscrito al movimiento de renovación pedagógica, nos hacíamos esta pregunta: “¿Queréis la escuela?” Y contestábamos: “¡No! Queremos un diplodocus con un lacito azul”. Hoy me pregunto: “¿Queréis el teatro?” Y me contesto “¡No! Queremos un unicornio  con un lacito rojo”.

Pedro Romero, maestro jubilado. Forum Aragón 9. El Colectivo de los Martes.

Quedan muchas preguntas y seguramente hay muchas y variadas respuestas, pero espero contribuir al disenso, que es lo más sano para llegar a un acuerdo político a favor de la cultura y el teatro. Cuando todo parece que se derrumba es inevitable hacerse preguntas y sentir inquietud, pero también es posible imaginar otros mundos. Debemos intentar cambiar el mundo antes de pasárselo a nuestros hijos.

Para finalizar, y como una forma de reivindicar la reflexión constante, me atrevo a dar por cierta esta conclusión: Reading is sexy.

Decía Voltaire: “Leamos y bailemos y así no haremos daño al mundo.”

 

 

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