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EDUCAR, AGITAR, PARTICIPAR.

Educar, agitar, proponer de Esteban Villarrocha

Recientemente la filosofa Marina Garcés decía en un medio de comunicación: Nos da pereza ser libres y nos da miedo, y perder el miedo tiene como consecuencia la incomodidad, tener que hacer un esfuerzo, ponerte de acuerdo con el otro, tomar en tus manos la propia vida. Se nos meten dentro el miedo y la pereza y hay que expulsarlos y para eso hay que estar con los otros, lo que requiere educación y aprendizajes compartidos.

Estas reflexiones vienen a colación por los diferentes procesos, que en el sector cultural, se vienen desarrollando para conseguir mecanismos de decisión participativos que permitan un diseño de las políticas culturales; sabemos que en los procesos participativos hay que recuperar el pensamiento práctico, crítico y colectivo, pero lo primero, antes de decidir colectivamente es saber qué implica comprometerse en la toma de decisiones.

Hagámonos la pregunta.

La participación no puede ser un mecanismo para solo preguntar determinadas cosas y bajo determinadas premisas, siempre hay alguien que pone la pregunta, la participación debe ser regulada, pero debe evitar caer en maniqueísmos que favorecen que se acabe con el compromiso y comience, la sensación de impotencia. Una cosa es implicarnos en diferentes niveles de decisión colectiva y otra es aparentar que participamos; en vez de ser y estar acabamos en el tener y aparentar. Es cuestión de verbos, ser frente a tener, estar frente aparentar.

Los procesos participativos abiertos deberían para ser, haber creado marcos de análisis y de debate fuera de localismos egocéntricos, y haber elaborado relatos de presente, más allá de las posiciones hegemónicas de unos pocos. Los procesos de participación son para hacerse preguntas, que muchas veces no tienen respuesta, pero que seguro allanan el camino, generan comunidad y permiten el disenso.

Preguntarse antes de tomar decisiones es trasparencia.

Volviendo a los procesos participativos estos deben ayudar a que La palabra dicha en libertad sea capaz de abrir un combate de ideas, de modelos, de cauces. Y vuelvo a nuestra admirada pensadora María Garcés:

Hacer buenas preguntas es más importante que tener respuestas para todo.

Vivimos en la sociedad del espectáculo que genera impotencia, inmediatez, cansancio, incertidumbre, pobreza intelectual; frente a esto sabemos, que pensar siempre es subversivo, que lo obvio no es la única realidad, que consumimos una realidad fabricada que no nos tiene en cuenta; por eso es que en las pequeñas anécdotas, en las experiencias reflexionadas vividas y compartidas en común, damos respuesta a la pregunta: ¿yo que hago?. Entonces si empezaremos a ser capaces de establecer un posible imaginario de toma de decisiones compartida. Son las pequeñas experiencias las que deben poner las preguntas en los procesos participativos y no la coyuntura y la necesidad política de vender apariencias.

Llevo tiempo alertando sobre la necesidad de entender al otro y la necesaria obligación de no olvidar que los relatos no pueden ser unidireccionales, manifiesto la existencia de disensos respetables y aviso que las decisiones tomadas no deben provocar la irrelevancia de la decisión, pero el tiempo pasa, y lo que pasa nada tiene que ver con los objetivos del común, entonces surge el desasosiego y se construye la sensación de impotencia.

Las instituciones de las que disponemos para tomar decisiones colectivamente y para elaborar el relato de nuestro tiempo, opino desde el disenso, no son útiles. Puede ser, ¿por qué falla la política?, ¿por qué falla la educación?. No lo se, solamente me lo pregunto y constato su inutilidad, sensación compartida por muchos y muchas.

La escuela nos ha formado en conocimientos y profesiones que no nos sirven para comprender el mundo actual, y más vivido desde el sector cultural, que debería en primer lugar aclararse sobre las preguntas a elaborar y compartir, solo así podremos crear y generar procesos participativos, y para eso, la única posibilidad es poner juntos las preguntas. Reitero: juntos pero no revueltos.

Para terminar recurro una vez más a Marina Garcés. Si todos tenemos la capacidad de pensar y de razonar en común, ¿cómo y en qué lugares debe desarrollarse esta capacidad? ¿Y cuáles son las instituciones y las formas de organización social a las que les corresponde hacerse cargo de sus consecuencias? Esto que parece tan simple, pensar y razonar en común, es lo que en estos procesos participativos no hemos sabido hacer.

Quizás, ¿habrá que educar antes de agitar y participar?.

 

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