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PENSAR ANTES QUE FESTEJAR

PENSAR ANTES QUE FESTEJAR (Articulo publicado en 2012 en Heraldo de Aragón)

Algunos necesitan desesperadamente admiradores que alimenten su ego voraz y esta es una de las causas de la desmesura, la arbitrariedad y la desigualdad.

Viene a cuento esta frase, y espero que no responda al propósito, de la nueva política de Subvenciones a la cultura emprendida por la Sociedad Zaragoza Cultural, Subvenciones para las artes escénica de calle, la música, la cultura tradicional, el cine y los audiovisuales.Siempre he creído que algunos objetivos deben ser básicos en los proyectos culturales subvencionables, y pedimos que el Sistema de ayudas públicas los contemple y los valore, más, en estos tiempos convulsos.

1º Los proyectos deben mantener los puestos de trabajo existentes o favorecer su ampliación. Utilizando datos reales y objetivos: Trasparencia.

2º Los proyectos deben tener como prioridad el acercando de la cultura a los ciudadanos. Deben ser modelo de democratización y acceso igualitario a la cultura.

3º Los proyectos deben ser sostenibles económicamente y duraderos en el tiempo. El uso de los recursos públicos debe regir normas de máxima trasparencia y utilidad pública.

Esta sería una ocasión para no caer en errores, por lo que creo exigible la mayor trasparencia en la concesión de las ayudas, a la vez que un mayor grado de exigencia a los subvencionados, para favorecer procesos de concesión más limpios, más igualitarios y comedidos.

Sería fundamental hacer que el ciudadano entiende la limpieza del proceso y su necesidad para mantener la actividad cultural y el empleo en el sector.

Pienso, cada vez con más vehemencia, que necesitamos un nuevo discurso sobre la Cultura, en un nuevo contexto político que propone nuevas maneras de financiación.

Esto debería estar recogido en un plan estratégico, que contemple los tres elementos fundamentales en el nuevo modelo de financiación de La Cultura: El patrocinio y mecenazgo, Las ayudas públicas y la inversión de las empresas culturales.

Con ello evitaremos volver a la perversión del dirigismo cultural y alentar un modelo de trasparencia, donde poder analizar datos ciertos y comparables del sector, para poder hacer una radiografía verdadera de la situación.

Por otro lado las entidades que reciben las subvenciones de cultura, deberían ser objeto de análisis para ser declaradas de utilidad pública. Más allá del concepto engañoso de economía social.

Creo, además, que algunos elementos teóricos se deberían pedir a estos proyectos subvencionables, tanto por parte del subvencionable como del que subvenciona

Las gentes de la Cultura deben preguntarse sobre el ocio, la melancolía, el hastío o el placer. En estos tiempos en los que el víctimismo tiene tan buena acogida, el artista tiene que volver a las nociones consideradas evidentes, debe desmitificar estupideces rimbombantes, debe ponerle la nariz de payaso a los conceptos que han permitido esta cultura dirigista, al servicio del poder y de la industria del ocio. Los proyectos deben ser culturales y no fomentar otros delirios.

Una nueva concepción de la Cultura debe volver a la idea de individuo, para huir de la cosificación. Del “yo” se pasa al “nosotros”, que se mete de lleno en todos los aspectos de la persona y se emplea en banalizar la cultura. No debemos masificar. Hacer uso de la Cultura no es ocio, es placer inteligente. No es tiempo libre es tiempo bien ocupado.

Creo que debemos volver, como decía Pessoa, a la lentitud: “Vivir una vida desapasionada y culta… lo suficientemente lenta como para estar siempre al borde del tedio, lo bastante meditada como para nunca caer en él”.

Los proyectos deben apostar por una ciudad diferente, donde haya tiempo para la abstracción, para cuestionar cada inercia adquirida. El ocio no debe convertirse en consumo, debe ser goce y posibilitar el no hacer, debe alimentar el espíritu.

Me pregunto constantemente por la función de la cultura, que no cura, pero que “atenúa” los males del alma. Decía Proust, “las ideas son sucedáneos de las penas”, debemos apostar en las políticas culturales por un pensamiento feroz, que se interrogue por las rutinas diarias, por el amor, el poder, el miedo, la felicidad y por las miserias que igualan al mayor de los sabios con el resto de mortales.

Estos parámetros y otros, deben ser las condiciones de una verdadera política cultural, que apuesta por proyectos subvencionados que definen ciudad y ciudadanos, y proporcionan alimento para los que quieren pensar antes que festejar.

Esteban Villarrocha

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