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Estado de Emergencia y convivencia

La crisis económica y social generada por la irrupción del coronavirus en nuestras vidas, está sacando a la luz las debilidades del sector cultural como sector económico, su precariedad, sus dependencias, su representatividad, en una palabra, sus flaquezas. Asimismo, muestra las diferencias entre las instituciones públicas y privadas del sector a la hora de afrontar el estado de alarma y las diferentes necesidades para poder subsistir en estos momentos de incertidumbre total.

Por otro lado, detecto una enorme confusión conceptual sobre el papel de la cultura como derecho y como recurso, y la difícil cuestión de su representación como sector frente a la sociedad y las instituciones.

Todo el ocio social y cultural ha sido suspendido por razones de salud pública. Cualquiera entiende que la salud es prioridad en una sociedad del común, pero la cultura es una actividad que sana, no tengo dudas, y contribuye a la buena salud de la sociedad. El ocio puede ser cultura, pero, sin duda, sí es tejido económico y aliciente para otros sectores como el turismo.

Sé que es difícil plantear aquí lo que hay que hacer en estos momentos críticos, más allá del propósito compartido por todos de volver a cierta normalidad social. Acertar en lo que hay que hacer en estos momentos no es fácil. Sabemos, de entrada, que ni todo lo que proponemos como sector se podrá hacer, ni todo se puede hacer inmediatamente. ¡Habrá que priorizar! Esta es la tarea de más responsabilidad de la acción política ahora: saber y consultar las prioridades. Pero para poder priorizar, la Administración tiene que saber quién le acompaña en esas decisiones y para eso debe averiguar quién representa a quién y por qué. Aunque, insisto, lo importante es definir cómo seleccionar, ordenar y programar en el tiempo las acciones que hay que llevar a cabo para paliar esta situación y recuperar cierta certidumbre en el sector económico de la cultura.

Lo primero que se nos viene a la cabeza es reprogramar lo suprimido, mantener los presupuestos existentes y seguir adelante, en una situación a corto plazo. Podría ser útil, pero cuando la situación parece que se prolonga en el tiempo, tenemos la obligación de repensar las acciones que hay que tomar y se precisa reorientar las políticas culturales con unas perspectivas a largo plazo y con una reflexión profunda sobre la realidad del sector y la situación de excepcionalidad por la que pasamos, así como poner en valor la relación entre sector público y sector privado en la actividad cultural.

Lo primordial ahora es dotar de liquidez a las empresas privadas afectadas, fundamentada en el mantenimiento de las estructuras estables de trabajo. Pero esta trasmisión de liquidez no puede hacerse sin utilizar criterios empresariales sólidos, pactados, demostrables, contrastados y estables a futuro, de ahí la importancia de los datos del lucro cesante.

Sabemos que toda acción de esta naturaleza comporta riesgos, ya que los perjudicados, por no atenderlos, a menudo ni lo aceptan ni lo entienden, y no es momento de tratar de discutir la legitimidad y fundamento de todas las reivindicaciones, sólo hay que comprender que todas resultarán difíciles de resolver y muchas no van más allá del interés individual. Ahora es momento de hablar del común.

Hacen falta recursos y tiempo; hace falta establecer un marco de prioridades. Pero esta es la tarea de la gestión política y de la administración pública destinando recursos y marcando los tiempos para salir de la crisis en el sector cultural sin limitaciones y, si se retrasa en el tiempo, será mejor la espera que volver a una normalidad ficticia.

Resalto que una de las necesidades principales en estos momentos es la necesidad de disponer de economía para mantener los puestos de trabajo y hacer frente al sostenimiento de las empresas que son las que generan y mantienen los empleos fijos en un futuro. Por esta razón, las administraciones públicas deben ser muy prudentes con las acciones que tomen para no hacer mayor la crisis, que según las medidas que se adopten puede agudizarse. Por eso, los interlocutores deben poner encima de la mesa datos reales y demandas limpias de demagógicos cantos de sirena.

La Administración debe contribuir a recuperar la normalidad. En esa fase estamos y, depende de las medidas que se tomen, subsistiremos o moriremos como sector económico. El sector sigue a la espera de decisiones que generen certezas.

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Acerca de Esteban Villarrocha

Soy fundamentalmente lector, pero me gusta definirme como agitador cultural; dirijo el Teatro Arbolé desde hace 25 años, tramito diariamente muchos unicornios y sigo pensando que un mundo mejor es posible. Mi pensamiento es fruto de las utopías igualitarias del siglo XX, pertenezco a la generación de la contra cultura y la cultura al margen del estado. Desarrollo mi actividad en el, creo, mal llamado sector económico de la cultura. Además de planificar la programación del teatro, dirijo la editorial de libros, la escuela de teatro y desarrollo la distribución de espectáculos por España. Antes fui profesor, mantengo una muy buena relación con la filosofía y conservo, como licenciado en Historia, el interés por guardar memoria.

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